3 mar. 2017

De magias y realidades. Premio Local Biblioteca pública municipal de Pilas


Este relato ha resultado ganador del Premio Local en el XXIX Certamen de Relato Corto “Biblioteca Pública Municipal de Pilas” 2016 otorgado el pasado 28 de febrero de 2017 en un precioso Acto Institucional ofrecido por el Ayuntamiento de Pilas. Muchas gracias.

De magias y realidades.

Aquella mañana desperté más apático de lo habitual. Con gesto mecánico hice las tareas básicas para parecer una persona normal: lavarme la cara, peinarme y vestirme, pero con una parsimonia y galbana impropios de mí.

Me sentía sin fuerzas, baldío. Mi mujer que, como cada mañana, había madrugado para ir a trabajar, me dejó en la cama con un beso y su frase típica de ánimo que ya me sabía a rutina.


Llevaba años con una novela que escribí a ratos, en los que mi absorbente trabajo daba tregua, así que cuando me despidieron por quiebra de la empresa, ni me planteé buscar otro empleo: ¡era escritor! Hacía, de esta feliz convicción, dos años y nueve meses de estéril trabajo. Terminé la novela en el ímpetu de los cuatro primeros meses. No me permitía estar ocioso por lo que trabajé a destajo. Noches de insomnio, días encerrado sin apenas comer. Cuando la tuve entre las manos me sentí el hombre más feliz del mundo, realizado. Lo peor ya había pasado: escribirla. Ahora era el momento de la miel. Iluso de mí.


Comencé a enviarla a editoriales: primero pequeñas en mi misma ciudad y medianas en la comunidad, después a grandes, renombradas y de nivel nacional, pero la falta de respuesta me hizo recurrir a editoriales especializadas. Todo ello, sin dejar de plantearme la auto publicación. Nada daba resultado, mi invisibilidad era evidente.

Dejé de escribir; pues el desánimo y la decepción minaron mi voluntad.


Llegué al bar, parada obligada para el primer café y las noticias. Siempre el mismo taburete, el café con leche en vaso largo y azúcar moreno; el periódico, por la página de cultura, y los buenos días al camarero. Julián, en cuanto me divisaba a través de los ventanales, cargaba el porta para su cliente favorito: “el escritor”.


Algo había cambiado. La vitrina no estaba como siempre, el orden alteraba la visual a la que tenía acostumbrados a los clientes. El establecimiento era famoso por su bollería, venía gente de todas partes para probar sus magdalenas rellenas, medias noches, croissants y todo tipo de dulces que eran el deleite de grandes y pequeños.


Unas deliciosas y apetecibles magdalenas que, todo hay que decirlo, se metían por los ojos, predominaban sobre todo lo demás.

Yo que, habitualmente, no tomaba nada más que uno o dos cafés, miraba la vitrina de reojo tratando de contener el goloso anhelo de probar un bocado de algunas de las variedades que ofrecían.


Una señora de mediana edad, morena y con carácter, a la que no había visto nunca, salió de la cocina uniformada, me miró sonriente y se dirigió a Julián comentándole algo disimuladamente al oído. Este asintió mirándome y ella volvió sobre sus pies, no sin antes hacer una parada frente a mí.

—Buenos días, señor. ¿Es usted el escritor?

La miré, entre sorprendido e ilusionado, alargué la mano para estrechar la suya, que en su diálogo había estirado hacia mí, y le contesté sonriente: —Emilio, a su disposición.

—Emilio —dijo con voz melosa, sin soltar mi mano. —Tiene que probar mis deliciosas magdalenas, están recién horneadas y… —me soltó y se dirigió a la vitrina de los dulces. —Ésta la he elaborado especialmente para usted —me dijo cogiendo justo la magdalena que segundos antes me había hecho babear.

—Le agradezco su ofrecimiento y resultan deliciosas, pero no suelo tomar nada en las mañanas, solo café. —Intenté no sonar descortés.

—Pues hoy es un día ideal para que cambies tus hábitos. Empezando por tomar esta magdalena que mis manos han amasado para ti —respondió sin perder la sonrisa y depositándola en un plato delante de mí. Fui a responder, pero algo instintivo me hizo callar. —Pruébala, es mágica. —Guiñó un ojo de manera pícara y se marchó de nuevo a la cocina.



Me sentí, un poco, como “Blancanieves” cuando la bruja le ofrece la manzana. La tomé por impulso, desafiando al cuento y haciendo caso omiso a mi subconsciente, que me susurraba: 200 kcal, media hora de spinning; y siguiendo el dictado de mi estómago que ronroneaba como un gatito feliz. Di un bocado pequeño, tímido, como quien se moja los labios ante un licor fuerte. Una sensación de placer me invadió las papilas gustativas, mi boca salivó y acogió el pequeño trozo deleitándose en su dulce sabor. Era extraordinario, un manjar, nada que hubiera probado antes.


Ante mí, la imagen de mi mujer, que casi tenía olvidada; abierta de piernas ofreciéndome su sexo. Mi miembro saltó de repente en mis pantalones y llegué a ruborizarme.

Aparté de mi mente los pensamientos lujuriosos y di un sorbo al café, haciéndole ojitos a la magdalena que, tras mi pequeño mordisco, parecía el logo tuneado de una famosa marca de ordenadores. Aprecié que, dentro del bizcocho, había una especie de sirope rosado que aún no había catado. Le di otro mordisco, esta vez un poco mayor y volvieron a invadirme sensaciones que no solo se limitaron a mi boca, se extendieron por todo el cuerpo, provocando un inexplicable placer y bienestar.


Traté de controlar mis pensamientos lascivos, que no paraban de bombardear imágenes de mi mujer en toda su faceta más erótica, cosa que me chocaba, pues con mi abatimiento mi libido había disminuido considerablemente y hacía tiempo que ni la tocaba; opté por desviar estos pensamientos hacia la escritura.


Solté la magdalena y saqué mi tableta de su funda. Tuve que empezar a escribir en una pequeña libreta que siempre llevaba a mano, mientras que el dispositivo arrancaba.  Llevaba meses sin poner mis dedos en ella; tanto tiempo que, tuve que hacer un esfuerzo para recordar el patrón de desbloqueo que mi mujer me obligó ponerle. Era una M de Marina, mi esposa.


Abrí un nuevo documento que también titulé: «M». Aún no tengo claro si por el nombre de mi mujer o por la magdalena. Comencé a escribir.


No fui consciente del tiempo, solo de que devoré el dulce sumido en un éxtasis místico, casi catártico, que me llevaba a teclear y teclear sin ser consciente de nada más.


Una melodía me sacó del universo paralelo en el que estaba inmerso y me sitúo en la barra del bar. Era mi móvil sonando, mi editor. «Sí, ante mis fracasos editoriales, decidí contratar un editor», descolgué sin ser consciente ni separar mi vista de lo escrito.

—Dime, Luis —contesté en tono seco.

—¿Dónde estás, Emilio? necesito que me envíes copia de la entrevista que ofreciste a aquella bloguera tan infantil.

—Luis, déjame un momento que tengo algo grande. Voy a revisarlo y te mando un borrador lo antes posible. Necesito un rato más.


Colgué el teléfono, sin dar mucha importancia a la frase que dejaba a medias Luis preguntando que me traía entre manos.


Miré el reloj, ¿llevaba cinco horas escribiendo seguidas sin tan siquiera levantar la cabeza? Otee a mi alrededor y el camarero me devolvió la mirada aliviado.


—¡Emilio, ya has regresado! Me tenías preocupado, te he llamado un par de veces, pero parecías poseído y, como no parabas de escribir y murmurar. No quería interrumpir, así que no he permitido que nada te moleste.


Un aturdimiento me embargó de repente, estaba entumecido. Empecé a ser consciente de mi cuerpo, a recuperar mis extremidades adormecidas. La cabeza comenzó a martillear y las sienes palpitaban como en una fuerte resaca. Me levanté, no sin cierta dificultad y traté de estirarme disimuladamente. Miré a la cocina a través del vano de la puerta, buscaba a la señora que esa mañana me había ofrecido la magdalena. No la veía, solo había un chico que, supuse el pinche, y una señora mayor que removía algo en una enorme cacerola.


—Julián —llamé al camarero.

—Dígame, Don Emilio —respondió diligente.

—¿Dónde está la cocinera que esta mañana me sirvió la magdalena?

—¿Cocinera? ¿Se encuentra bien, Don Emilio? Aquí los únicos que entran en la cocina son Luisa, mi mujer, y mi sobrino Rodrigo. ¿Quiere tomar algo? tiene mala cara.

—A ver Julián, esta mañana una señora ha salido de la cocina uniformada, le ha dicho algo al oído y me ha servido una magdalena. ¿Dónde está esa señora?

—Eh, sí. Era la chica que hace los dulces, es un catering de bollería el que me sirve todas las mañanas, hoy se ha retrasado, de ahí que hayan coincidido. Por favor, tome asiento y déjeme servirle un vaso de agua fresca, me está empezando a preocupar seriamente. ¿Quiere que llame a su mujer?

—No. No, por favor. Dígame que me he comido una magdalena que, con tan buena pinta, tenías hoy en la vitrina —comenté suplicante, mientras dirigía la mirada a una vitrina vacía y reluciente. Me estaba empezando a poner nervioso

—Sí, claro se ha comido una magdalena rellena de sirope de fresa que le ha servido junto con su café Minerva, la chica del catering —comentó como en una letanía. —Don Emilio siéntese aquí —señaló una silla en un rincón apartado.


La gente empezaba a reparar en nuestra conversación. Me senté con la cabeza entre las manos, mientras que Julián traía mis pertenencias. Cuando dejó la tableta sobre la mesa estaba bloqueada, marqué el patrón y apareció el documento en el que había estado trabajando: eran más de doscientas páginas. No era capaz de recordar sobre que versaba, solo que las puntas de los dedos cosquillean instándome a seguir tecleando, mientras mi razón me pedía otra magdalena esponjosa, sabrosa e inspiradora como parecía que había resultado la primera.


Recogí mis cosas, pagué y volví a casa. Marina me esperaba con cara de pocos amigos, había estado tratando de localizarme, se encontraba mal y volvió a casa para acostarse un rato pensando que yo estaría allí, escribiendo, y podría acompañarla al médico e ir a la farmacia. Tenía una de sus migrañas y estaba totalmente fuera de juego. No consideré conveniente contarle mi extraña experiencia, aunque ahora me sentía eufórico y con más ganas de escribir, y de otras cosas, que nunca. Preparé una infusión y se la llevé a la cama. Estaba sumamente excitado, pero la dejé descansar mientras preparaba algo para almorzar.


No quise revisar lo escrito, me senté para continuar, pero mis dedos se negaban a teclear y mi mente saltaba de un pensamiento a otro. Aunque, por otro lado, si verdaderamente no era capaz de recordar sobre qué había estado escribiendo en esas doscientas páginas, ¿cómo pretendía continuar? Me conformé con que mañana sería un nuevo día; me comería otra inspiradora magdalena y terminaría lo que, estaba convencido, sería mi mejor obra.


Sin apenas dormir, la excitación y la emoción no lo permitieron, me levanté muy temprano esa mañana, con el único objetivo de llegar a la hora adecuada, para encontrar a la chica de las magdalenas. Llegué y ocupé mi lugar, saqué la tableta y no tuve más que saludar cuando tenía mi café servido. Una sátira sonrisa brotó de mi boca cuando vi la vitrina de los dulces vacía; Minerva, aún no había llegado.


Una hora y dos cafés después, una camioneta rosa con un logo siropeado aparcó en la puerta del bar. La chica morena, que me pareció más joven hoy, entró cargada con dos grandes cajas de cartón rosa serigrafiadas como la camioneta. Nos dio los buenos días y entró en la cocina para preparar la vitrina.


Esperé pacientemente a que colocara uno a uno los dulces, sin perder de vista la magdalena inspiradora. Deseaba que me la volviera a ofrecer. Acabó de colocar, tiró las cajas, le dejó la factura a Julián y se dispuso a marcharse.


Cuando se disponía a abandonar la cafetería salí tras ella, asiéndola del brazo, le comenté: —Buenos días. —Sonó más alto de lo que pretendía.

Ella se volvió como un resorte, alternando la vista entre mi mano y mis ojos, parecía asustada. Algo en su mirada me hizo sentir que parecía desquiciado. La solté inmediatamente y sonreí, tratando de suavizar mi rictus y que cambiara esa extraña expresión.


—Buenos días, escritor —contestó más calmada.

—¿Esta mañana no me ofreces «magdalenas mágicas»? —Sonreí, como queriendo hacer una broma privada.

—¿Magdalenas mágicas? —comentó sorprendida. —A ver escritor, mis magdalenas son exquisitas, pero mágicas, mágicas…. como que no.

—Para mí sí —comenté ofendido. —Regrese y sírvame una magdalena como la de ayer, por favor. —La miré suplicante y ella me devolvió una mirada un tanto extraña.


Con un gesto, que me pareció cómico, volvió deshaciendo sus pasos, miró a Julián que no paraba de mover la cabeza de un lado a otro, como compadeciéndose de la chica por mis excentricidades y entró tras la barra. Mientras yo, me acomodaba en mi silla, Julián cargó el porta pidiendo mi aceptación, asentí y ella me sirvió la magdalena con una extraña mueca.


Tras el primer bocado, que me resultó exquisito, sentí el runrún de la camioneta al arrancar. Cogí la tableta y esperé paciente el efecto de la magdalena. Nada, ni un pensamiento, ni una palabra, absolutamente vacío. Tras una hora vana, volví a casa derrotado. Estuve así una semana completa, la misma rutina, Minerva me servía la magdalena que yo comía despacio, esperando sus efectos. Nada.



El último día, cuando llegué a casa; recogí, planteé la comida y me senté a leer de nuevo lo que había escrito. Era bueno, muy bueno de hecho, ¿cómo es que me sentía incapaz de escribir algo más? Estaba bloqueado, desorientado.


Cuando Marina volvió a casa, me encontró en el sofá hecho un ovillo, melancólico y desganado. Me suplicó que le contara que estaba pasando y lo solté, como en un torrente. Le conté el extraño día, los efectos de la magdalena y le di la tableta para que leyese lo escrito.


Marina tardó unas horas en leer las doscientas páginas, no levantaba la vista del escrito, estaba concentrada en las letras y la historia. Cuando terminó, me miró con admiración.

—Cariño, estoy impresionada. Nunca había leído algo así. Es excepcional.

—Ya, lo sé. Pero estoy seco. Fue esa magdalena quien hizo la magia o la chica o el ambiente o no sé.

—Emilio, no te confundas. No hay magdalenas mágicas, ni musas inspiradoras…. la magia está en ti.


A la mañana siguiente no fui al bar. Me preparé un café, encendí la tableta y comencé escribir. Escribí hasta que me dolieron los dedos. A la mañana siguiente volví a hacer los mismo y así durante un mes.

A mi editor le envíe tres libros que completaban una saga que resultó número uno en ventas y que fue traducida a varios idiomas.

No puedo evitar pensar que, puede que la magia esté en mis manos, en mi cabeza o en mi imaginación, pero siento que aquella magdalena fue el punto de inflexión para salir de la rutina y la procrastinación a la que me había visto abocado. Y que, de vez en cuando, suelo bajar a por una deliciosa magdalena para no romper el hilo que me conecta con mi dulce y caprichosa musa, Minerva.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada