27 nov. 2016

Otra ciudad, otro nombre



#Historiasdesuperación 
Concurso Zenda e Iberdrola



«Otra ciudad, otro nombre» de Elisabet Jiménez



Cruzamos una breve mirada en la sala de espera de aquel médico al que únicamente podíamos ir en casos de dolor desesperado y nunca solas. Ella tenía la misma pose sumisa que yo. Hombros caídos, mirada baja, caminaba a la izquierda de su marido. Éramos el reflejo la una de la otra. Lo que marcaba la diferencia era que ella llevaba, tirándole de la pernera de los amplios pantalones, a dos pequeños de un par de años clavados a su padre.  Yo no tenía hijos, él no quería. La vez que me quedé embarazada, supo donde dar para que lo perdiese. No volví a intentarlo, me guardé mi instinto maternal con el resto de frustraciones.


Nuestros maridos hablaban animadamente de sus trabajos. Orgullosos, con sus sonrisas socarronas y su buen talante. Esa sonrisa, la que lucían justo al salir y pisar el escalón de casa.


Estaban bien entrenados, sabían dónde dar; golpes secos, precisos, directos y discretos, que te hacían pasar días en la cama y tener ganas de morir o suplicar un golpe certero con el que todo terminara, pero no, no iba a ser tan fácil. Del daño moral y psicológico ni hablamos. Auténtico pavor por sus constantes amenazas, por sus continuas insatisfacciones trasladadas a nosotras para salvaguardar su ego machito.

Éramos su diversión, su desahogo, sus criadas y sus putitas.


Al mirar a aquella mujer, supe que debía hacer algo. Estábamos en consulta por un “lumbago” que no era más que, a “J” se le había ido la mano con la coca y las copas. Ella, por su posición, estaba en las mismas que yo. Miré discretamente a los niños que balbuceaban palabras ininteligibles y jugaban alrededor de su madre que, con gesto dolorido, los bajaba y subía de sus piernas una y otra vez. Uno de los niños gritó un poco más alto porque quería volver a subir antes que su hermano. El padre se volvió y con solo una mirada, los niños se escondieron tras su madre, a la que junto a su lividez comenzaron a temblar las manos. Él, consciente de la situación, relajó el rictus y en tono amable regañó a los niños.


Me hervía la sangre. Cogí un papel y un boli, guardándolo discretamente en el bolsillo del pantalón, y me levanté para ir al servicio. Inmediatamente mi marido, al percatarse de mi movimiento, preguntó: —Elvira, ¿dónde vas? —.

—Al baño —contesté con la mayor naturalidad posible. No di opción a que me lo pidiera, tenía la lección muy bien aprendida. Le di el bolso y la chaqueta, como me había enseñado hace años. Entré tranquila, cerré la puerta y escribí la nota con letra decidida. Lo coloqué encima de la jabonera de forma visible. Tiré de la cisterna y salí.


Cogí mis cosas y volví a mi asiento. La miré y ella me devolvió la mirada. Captó mis intenciones de inmediato. Ellos continuaban su charla animada, concretaban la guardia del próximo fin de semana y del tiempo que hacía que no coincidían. Me llamaron a consulta. Cuando salí, ella volvía del baño con los niños, un gesto de asentimiento me hizo tranquilizar.


Cuando se marchó aquel sábado por la mañana a su guardia cogí mi pequeña maleta, metí un par de cosas importantes; el dinero que había estado desviando y el móvil de prepago que me compró mi sobrina. La cita era a las cuatro en la cafetería de un parque muy céntrico. Llegamos las dos puntuales, los niños con sus mochilas, jugueteaban ajenos a todo. No hizo falta hablar, ni explicaciones, ni siquiera lágrimas. Marcamos el teléfono de ayuda y esa misma tarde fuimos al piso de una amiga. Dormimos acurrucadas, con los niños aferrados a nuestros cuellos.


Aquello fue el principio de un capítulo triste y largo; demostrar los malos tratos físicos y psicológicos; separarnos y que Soledad consiguiera la custodia de los niños.

Nunca en casa se volvió a hablar de aquello.


Ahora estamos las dos, sentadas en otro parque; de otra ciudad y con otros nombres, viendo jugar a nuestros hijos.


Sí, tuve un hijo, soy madre soltera. Terminamos nuestras carreras, aquellas que interrumpimos “por amor” y continuamos nuestras vidas tras ese terrible lapsus que casi acaba con nosotras.

"Nota de Elvira"


19 nov. 2016

Peniques por un cuento



Pasaba todos los días por la puerta de aquella pequeña tienda. Ni siquiera sabría deciros que había en su escaparate, sólo reparaba en el señor que permanecía sentado en la puerta, y al que debía sortear cada mañana en mi carrera de fondo hacia la boca de metro.
—Peniques por un cuento —decía bajito, casi susurrado cuando alguien pasaba por su lado. Yo, que apenas tenía tiempo para lo básico, menos lo tenía para sus tonterías, lo pasaba molesta y no prestaba más atención.
Una mañana iba acelerada a una reunión importante, daba sorbos cortos a mi café de Starbucks, cuando algo duro me golpeó la espinilla haciéndome caer de bruces. Tropecé con el bastón del hombre. Me enojé. Fui a increparle, cuando reparé que era un bastón blanco de esos que utilizan los ciegos.  —Peniques por un cuento— volvió a susurrar, mirándome a los ojos, aunque los suyos bailaban en las cuencas.
Me levanté sacudiéndome la falda airada. La camisa, de firma, manchada de café; las medias rotas, dejaban ver las rodillas completamente despellejadas, como cuando era una niña pequeña. La mujer, que salía justo en ese momento del establecimiento se dirigió a mi apurada.
—¿Joven, se ha hecho daño?
La miré distante. —No, pero acabo de perder un contrato millonario por no llegar puntual a mi reunión.
El hombre ciego se levantó, me agarró la mano y me llevó al interior.
—Bonita voz, entra que te curen las rodillas, pequeña. Mientras me lees un cuento.
Cuando entré en la librería el mundo dejó de ser gris y veloz tal como estaba acostumbrada. Era como otra dimensión. La señora me sentó en una silla, mientras iba a por el botiquín y el hombre me ponía un cuento en las manos.
—Lee pequeña, lee para mí.
Así pasé la mañana, leyendo “Alicia en el país de las maravillas” en la librería mágica, con dos seres extraordinarios que me hicieron frenar y ver más allá del mundo gris en que nos movemos.
Perdí mi trabajo, pero ahora escribo y leo en su librería “Mis cuentos por un penique”.