27 jun. 2016

En mil pedazos

Las flores que adornaban el jarrón estaban marchitas, secas. Los pétalos  caían desordenados sobre la tapa del piano. Desde aquella tarde no había vuelto a acariciar sus teclas, no pude volver a sentarme en la silla, ni tocar una sola nota musical sin recordar la última vez.
Toqué para ti dejándome llevar. La pasión y el amor transmitidas con la música inundaron la estancia. La sala abarrotada de gente solo me devolvía tu imagen puesta en mi cuerpo mientras interpretaba esa pieza, tu preferida, solo para nosotros.
Me trajeron la flores, eran de tu parte. La emoción se apoderó de mí, esperaba tu visita, que me besarás la mano y cruzaramos la mirada o incluso alguna palabra. Pero te limitaste a una breve reverencia desde tu asiento, mientras aplaudían.
A los minutos, un hombre regordete pedía silencio en la sala, dandote paso con una breve reverencia, te disponias a comunicar algo importante.
Te levantaste con esa elegancia felina que te caracteriza, tomaste de la mano a una chica preciosa, que un poco ruborizada se levantó de forma exquisita atusándose la falda en un gesto nervioso.
Anunciaste vuestro compromiso con la mirada fija en mis ojos, te la sostuve mientras mi corazón se hacía añicos.
No volvería a tocar ese piano.

20 jun. 2016

A... "Pulsar el botón"

El cubículo, aunque acogedor, eran apenas un par de metros cuadrados que no daban para mucho, pero Rafael se sentía feliz. Adoraba su trabajo, transportar almas al empíreo no era ardua tarea, comparada con la de Gabriel, que se ocupaba de los traslados al averno y ni digamos de Miguel, el eterno pasajero del ascensor con destino el limbo, que andaba siempre como ausente.
Durante el trayecto sentía la felicidad de sus pasajeros. Algunos eran muy charlatanes, otros introspectivos, también los que iban tan ensimismados que ni les daba para saludar. A veces, los había que incluso derramaban una lagrimilla, aunque eran los menos. Pero cuando Rafael pulsaba el botón y comenzaban a ascender todos sonreían discretamente, él también.
Imaginaba una vida para cada uno de ellos. Los ubicaba en distintos lugares del mundo, a cada cual en base a su aspecto, le asignaba una profesión, una familia e incluso una tara, ¿por qué no?. Nadie es perfecto, se decía.
No realizó muchas bajadas en sus años de servicio, tan solo alguna sustitución a Gabriel por asuntos personales. Aunque las realizadas habían sido sin dramas. En muchas ocasiones se sorprendió porque era incapaz de imaginar una mala vida para esas personas que descendían sin remisión.


Aquel día era como uno cualquiera. Iba repasando mentalmente la lista de cosas a olvidar que cada semana redactaba. La soledad le pesaba en el alma a cada cumpleaños. No había encontrado su compañera, los años pasaban y sus rarezas se acentuaban haciéndole más difícil emparejarse. Regresaba de un servicio cuando las puertas se abrieron, la sutil fragancia inundó sus sentidos. Era alta, voluptuosa y de rasgos suaves. Sus ojos color miel se posaron en los de Rafael, expectantes.
—Buenos días— la voz se le quebró en un tono ronco. Como si llevara horas sin hablar.
—Buenos días— dijo él más dulcemente, situándose a su lado.
Rafael sacó la lista del bolsillo y leyó su nombre. Sofía. A su cabeza, imágenes de la vida de ella. Una niña risueña, de infancia feliz. Adolescencia difícil, debido a su timidez, qué pasó rápido entre libros y música. Buena estudiante, amiga de sus amigos y con una vida amorosa un tanto truculenta. Apenas tuvo tiempo a reaccionar cuando la diagnosticaron, no le permitió cumplir los cuarenta.
Rafael pulsó dubitativo el botón y a medida que ascendían, sentía el corazón cabalgándole en el pecho.
El aroma y su presencia lo llenaban todo, era tentador. Deliciosamente bella y encantadora.


Por el rabillo del ojo, apreció un leve movimiento de su mano hacía el bolsillo de la chaqueta, de dónde sacó un librito ajado. No pudo disimular la curiosidad. La vista, iba de sus ojos al libro, sondeándola. Nadie solía llevar nada en aquel viaje.
Ella, ante su interés, comentó:  —Es un diccionario—, me gusta aprender palabras en desuso y tratar de rescatarlas del olvido.
Él asintió sonriendo. Era uno de sus juegos favoritos cuando en la adolescencia. Su madre, cada semana, le instaba a aprender una serie de palabras e incorporarlas a su cotidianidad. A veces se sentía extraterrestre hablando esa jerga que solo ellos dos entendían.
Sofía se lo tendió, mirándole fijamente. Él lo tomó rozándole los dedos fríos, lo achacó a su nerviosismo. Fue un instante en el que se quedaron ahí, unidos por el diccionario. Embelesados. Sintiéndose. Diciendo sin hablar.
Un efímero pensamiento cruzó la mente de Rafael. Faltaría a su palabra y traicionaría el juramento. “Solo podrás salvar un alma”, cada palabra retumbaba sobre su conciencia. Pero por ella se sentía capaz de todo. Algo, a lo que en ese momento no supo dar nombre, le removía su interior. Solo tenía una oportunidad para pulsar el botón. Si lo hacía, si utilizaba aquella opción, acabaría su servicio. Fin de trayecto, ya no más viajes, ni subidas ni bajadas. Comenzaría su vida, la de verdad. Obligaciones, altibajos, complicaciones, emociones, humanidad.
En la mente una imagen, su pelo esparcido en la almohada. Aspirar el olor de su cuello antes de dormir, verla reír a carcajadas por una tontería.
Apretó el libro contra su pecho en un hondo suspiro, tomó la mano de Sofía y ella sonrió.
Como en una proyección de cámara lenta, Sofía vio como Rafael se giró, pulsó el botón rojo de emergencia murmurando sonriente… “el cielo puede esperar”.

15 jun. 2016

A la página en blanco

Lo que unos ven en la página en blanco como un elemento de bloqueo o algo frustrante, yo veo un reto. Un espacio que llenar. Ideas que fluyen, como el lienzo en blanco de un pintor situado al lado de las acuarelas.


Una página en blanco es una oportunidad para crear, recrear, imaginar y errar. Porque no pienses que todo lo que escribas va a ser bueno, ni digno de ser leído y cuanto menos, publicado. Quizá ni lo releas y acabe en el fondo de un cajón o traspapelado entre las hojas de una de tus libretas o, directamente a la papelera. Aunque soy de la opinión de que, lo que hoy te parece una tontería, dentro de un mes resulta un magnífico disparador. Que sí, obviamente hay que desarrollar, pulir, revisar y lo más probable, replantear. Pero si está ahí, es porque te ronda y hay que sacarlo.


Para enfrentar la hoja en blanco comienzo a escribir lo que me pasa por la cabeza porque luego tengo la certeza que al final escribiré lo que me dicta el corazón.


Así que a escribir. Rellena esa hoja en blanco, y no te precipites al descartar. Quizá esa escritura mecánica de ayer, hoy es el extracto de tu próximo relato, o un cuento, o ¿porque no? la base de tu próxima novela. El punto de inflexión puede estar ahí, escondido, aguardando a que tus musas caprichosas se fijen en él y te susurren su sentido.

13 jun. 2016

A la bienvenida

Ante todo, gracias por estar aquí.
Ando sumergida en este fascinante mundo, el de las letras, por el que cada día siento más respeto y admiración. Mi corazón siempre ha pertenecido a los libros. El acto de leer es algo natural que me ha servido para evadirme del terrenal mundo, aprender, vivir mil aventuras, viajar a lugares increíbles y conocer personajes que se te acaban quedando un poco dentro.
Mi imaginación exige y mis dedos conceden.
Reconozco que empecé a escribir desde muy joven, era un gran desahogo poder sacar todo lo que mi mente susurraba, no era un diario, era una tabla de salvación. Perdí mis escritos, tampoco les concedí la importancia que ahora quizá tuvieran, pero lo que antes era un desahogo ahora se ha convertido en auténtica necesidad.
Por eso escribo, por eso doy vía libre a los personajes que me hablan y me cuentan sus historias a corazón abierto, llevándome a plasmar todo lo que ellos tienen que contar.  ¿Cuánto hay de ellos y cuánto de mi?
Eso tendrás que ir descubriendolo; pasa, acomódate y relaja los sentidos, el viaje comienza.