26 sept. 2016

Cuestión de cables

Se levantó muy feliz esa mañana. Su trabajo, aún siento rutinario nunca le aburría, al contrario, le colmaba de satisfacciones. Llegó a la oficina con más de una hora de antelación. El motivo de la excitación; que vendrían a instalarle una nueva centralita y no cabía de gozo. El comercial le había asegurado el fin de las horas colgada del auricular, tecleando y hablando a la vez, haciéndola adoptar posturas imposibles. Se acabaron las contracturas musculares.
Ahora tendría un auricular discreto, pegado a su oreja, con un pequeño micrófono que desde la misma y recorriendo la mandíbula, llegaría hasta su boca. Lo observó con detenimiento en la página web de la empresa. La movilidad, estaría limitada a los dos metros de la extensión de cable, que conectaba el dispositivo al teléfono, pero le eran suficientes. Podría levantarse mientras hablaba, asomarse a la ventana de su oficina, ver gente, el atardecer. Las vistas eran a un precioso parque en el que a ella le gustaba evadirse.
Ya se imaginaba como en esas películas antiguas que le encantaba ver; con las manos libres para limarse las uñas, hablando con sus clientes, deleitándose con las vistas desde su ventana o viendo la lluvia caer tras los cristales… Su trabajo era ese, pegada a un teléfono. Y la visión de esos dos metros de libertad le hacían saltar de alegría.
Sabía que los había sin cables, con conexión bluetooth, pero eran muchos más caros y el tacaño de su jefe no invertiría en aparatos tan modernos. Así, se conformó con sus dos metros y tan contenta.


Abrió la puerta al técnico, instándole a subir a la oficina y le dejó trabajar tranquilo.
Mientras cargaba el correo electrónico y actualizaba las diversas cuentas; organizó la agenda del día e hizo café para ambos. El hombre hablaba poco, afanado en su trabajo. Tan solo, cuando le ofreció la taza de café, alabó sus interminables uñas perfectamente decoradas, que ella con mimo acicalaba en cualquier rato libre.
Terminó antes de lo que esperaba, aún no comenzaba su jornada laboral, por lo que el aparato permanecía en silencio. Ella revisaba de nuevo las instrucciones y los botones que tenía que pulsar para transferir, dejar en espera, retomar llamadas y toda la operativa de la nueva centralita. Llamó a su móvil para comprobar la línea, guardo los números imprescindibles y se colocó el auricular, tratando de no estropear el fabuloso cardado, que le había costado dos horas la tarde anterior a su peluquera.


A los veinte minutos de comenzar, ya formalmente, su jornada, el teléfono permanecía en el más absoluto silencio. Ella lo miraba de reojo, mientras devolvía respuesta a sus correos electrónicos. Volvió a revisar la lista de tareas que su jefe le había dejado antes de salir de viaje; estaría un par de días ausente. Comprobó una devolución del banco, anotó los números de albaranes que debía facturar ese día y envió la relación para almacén de los productos que llegaron la tarde anterior. Todo ello, sin dejar de pensar en el desquiciante mutismo del teléfono.


Descolgó para comprobar la línea. Era estable. Ni cortes, ni intermitencias. Revisó el volumen del tono; timbre medio, correcto también. Cogió su móvil y pulsó el botón 5, marcación automática, donde guardaba el número de su trabajo. El teléfono sonó alto y claro; un tono, dos, tres... hasta que se decidió a colgar.


Tras media hora, el silencio de la oficina le empezaba a desesperar. Se sirvió otro café, volvió a su sitio y se colocó los auriculares. Un sorbo y un vistazo al precioso parque que empezaba a llenarse de corredores, mamás con carritos de bebés y abuelos dando de comer a las palomas. Jugueteaba distraída con el cable enroscándolo entre los dedos. Decidió relajarse y divagar.


Perdida estaba en sus pensamientos, que iban y venían a la soledad de su apartamento, y a sus rutinas de vida, cuando el teléfono sonó. Se sentó de súbito, carraspeó para aclararse la voz y miró la pantalla, que le devolvía un número muy extenso, parecía de extranjero. Descolgó con su mejor sonrisa telefónica.
‒“Siameses servicio técnico, le atiende Sofie, ¿en que puedo ayudarle?” soltó su retahíla, hablándole directamente a la pantalla donde el número permanecía fijo.


Una voz grave pero envolvente le dió los buenos días y agradeció la adquisición de la nueva centralita “Easy work”, instándole a responder un breve cuestionario de calidad.


La música de espera comenzó a sonar suave, aunque enlatada. Ella seguía el ritmo con los pies mientras observaba sus uñas decoradas. Había tardado horas en colocar pequeños brillantitos en los dedos anulares, uno de ellos se había despegado.  Se giró en su silla para coger el neceser del bolso, lo llevaba exclusivamente para sus manos, cuando la música cambió, se alzó un par de notas bruscamente, haciendo que le alterase un poco el ritmo cardíaco. Sonrió, pensando que era una tonta por asustarse de ese modo y giró la silla en el sentido de las agujas del reloj, para volver a su posición inicial. No reparó en que el auricular ni en su pequeña esponja, que sobre su oído, hacía de aislante al resto de ruidos, mermando así sus capacidades. La música era envolvente. Pegó cuidadosamente el brillante a su uña al ritmo que resonaba en su cabeza. Otro giro para guardar el neceser y regreso a la postura habitual. Había quedado perfecta.


Le encantaba levantar los pies ligeramente del suelo y dar un par de vueltas en la silla, no perdía la ocasión para girar los 360º siempre que tenía que hacer algo a su alrededor. En cada giro, la música daba un saltito, acompasando sus movimiento y haciendola sonreir.


No fue consciente de que los dos metros de cable estaban enrollados suavemente en su cuello, como tampoco lo fue del salto que dió, cuando la música se subió de golpe, haciéndole casi reventar los timpanos.
El sobresalto provocó un tirón seco del cable y, su fino, y delicado cuello se quebró como una rama. ¡Crack!


Os dejo mi humilde  homenaje a Cortázar y su relato «No se culpe a nadie»
Si os apetece leerlo, aquí el enlace http://www.literatura.us/cortazar/nadie.html

5 comentarios:

  1. Un final sorprendente para un relato que traslada directamente a esa anodina rutina de su protagonista.

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  2. Un final sorprendente para un relato que traslada directamente a esa anodina rutina de su protagonista.

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