19 sept. 2016

Arena Lunar


Marta llegaba tarde de nuevo al trabajo, se estaba convirtiendo en rutina y aunque se sentía miserable, tampoco hacía nada por solucionarlo. El reloj sonaba, sonaba y ella lo posponía, una y otra vez; el tono de alarma era la voz nasal de su loro Orlando, en bucle, diciéndole “Marta, wake up”. Lo grabó una tarde entre bromas  y ahora se le antojaba aborrecible, como aquella maldita cifra que la perseguía.


Llevaba un par de semanas dispersa. Cualquier cosa la crispaba.

La lluvia entorpecía, aún más, el lento tráfico de la mañana, haciéndole perder la poca paciencia que le quedaba. Cuando alzó la vista hacia el gran letrero que coronaba su lugar de trabajo, leyó para sí misma: “Museo de Arte Contemporáneo” y empujó la gran puerta que daba acceso al lugar. Un intenso olor le inundó las fosas nasales. Marga había vuelto a pasarse con los fuertes productos de limpieza, pero ni con ello lograba solapar el putrefacto olor que quedó después de la última y fatídica exhibición. Aún había panfletos abandonados sin ton ni son por el almacén.


Desde el primer momento, la dichosa exposición había sido un cúmulo de despropósitos. ¿A quién podría interesar una muestra de Relojes de Arena de los diferentes desiertos del mundo? Era surrealista, y para colmo lo promocionaban anunciando que el gran Reloj de Arena Lunar o “Lunático”, como a Marta le gustaba llamarle, sería capaz de hacerte ver los minutos que te quedaban de vida. ¡Qué barbaridad! En vez de una exhibición de arte, había sido el circo de los horrores.


Aunque en vano, intentó negarse a organizarla. Llevaba poco tiempo como Comisaria artística y conservadora, pero su opinión era altamente considerada y respetada. Tenía mucho que ver el hecho de que su padre había sido el cartero de la zona y el museo, su segundo hogar. Desde pequeña, ambos habían pasado horas en aquellas salas; iban a todas las exposiciones y supo entonces cuál sería su profesión, Comisariado Artístico y Conservación, siendo esto último su verdadera pasión.


Finalmente, la exposición se llevó a cabo con un discreto éxito y algún desafortunado incidente. El dueño de los relojes, era un millonario petulante, enjuto e irascible que solo hablaba con monosílabos, como si las personas no fuéramos lo suficientemente buenas para dirigirnos a él. Su mayordomo, que fue el apodo que le pusimos a su fiel acompañante, era el mediador entre este hombre y el resto de la humanidad.


El día que llegó la mercancía, se desató una impresionante tormenta. Fue el único momento en que vimos al viejo desencajado. Daba órdenes, en su idioma, a diestro y siniestro; de su perorata solo entendimos que la mercancía no podía mojarse.


Los relojes de arena, que en su mayoría superaban en altura a una persona, llegaron en cajas de madera, bien embalados y aislados. El servicio de preparación del museo era bastante eficaz. Aún así, la envergadura de las piezas, su fragilidad y la intensa lluvia hicieron del día un infierno.


Había facilitado al personal una plantilla detallada con pesos, medidas y ubicación de cada reloj, para que fueran colocados directamente en su lugar correspondiente. Lo que no esperaba era la última pieza que hizo aparición por la puerta con el viejo delante protegiéndola como un animal.


Le comentó a su secuaz que esa pieza no estaba en el listado y que no le gustaban las sorpresas de última hora. Él mostró su sonrisa ladina y comentó que ese era el reloj estrella de la exposición.


Marta parecía enfadada; buscó un lugar adecuado a esta última pieza y pidió que la fueran desenvolviendo. El misterioso reloj permanecía a su espalda cuando un olor intenso se propagó por la sala; se mareó por un instante y trató de no perder el equilibrio aunque sin éxito; reculó dando tumbos hasta que chocó con el reloj que estaba ya desembalado. Algo rozó el fino cristal y no recordaba más que ese nauseabundo olor, y a Marta cubierta de una arena rojiza y pestilente.


—¡Tú, morirás! El reloj te mostrará el tiempo exacto para tu final ¡Ingrata!. —le gritó desencajado el viejo señalando el gran Reloj de Arena Lunar.


Los compañeros, que le ayudaban a levantarse, miraron curiosos el reloj, y volviéndose hacia ella, atónitos, exclamaron al unísono:

–¡Este hombre está loco, ahí no hay nada!


Marta, con idéntica curiosidad, les miró...

Sí, había algo, una cifra, clara, nítida y apremiante, pero solo en su mente:

–43200 minutos.

5 comentarios:

  1. Felicidades. Como siempre sorprendiéndonos, genial encanti

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  2. ¡Me ha encantado Elisabet!
    Con este relato te has superado. Bueno, es mi humilde opinión pero de verdad lo creo. Tu escritura está evolucionando y así lo refleja este relato.
    ¿Has pensado en hacer un libro de relatos?
    Un fuerte abrazo

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    1. Gracias Tere, un halago viniendo de ti. Ahí anda mi hermana diciéndomelo hace tiempo. No me siento aún preparada 😊 tengo que seguir formandome. Mil besos. Me encanta tenerte aquí

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  3. ¡Me ha encantado Elisabet!
    Con este relato te has superado. Bueno, es mi humilde opinión pero de verdad lo creo. Tu escritura está evolucionando y así lo refleja este relato.
    ¿Has pensado en hacer un libro de relatos?
    Un fuerte abrazo

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