25 jul. 2016

El asiento contiguo

Soñaba cada día con que le dedicase una mirada o media sonrisa de esas que se le escapaba en ocasiones mientras leía en la pantalla de su ebook, perdido en alguna historia. Solo coincidían en el metro, los martes y a esa hora, lo sabía porque había comprobado distintas rutas y horarios, en ninguna le encontró. Las preguntas resonaban en su cabeza. ¿Cuál sería su destino? ¿Se encontraría con alguien? ¿A qué se dedicaba? ¿Su edad? ¿O como se llamaba? La edad y el nombre eran lo de menos, la primera la intuía dos o tres años mayor que ella, la segunda la inventaba, Daniel. Esperaba impaciente su parada. Lo observaba estratégicamente sentada como subía a su vagón, siempre el mismo, localizaba un asiento y sacaba un libro electrónico y los auriculares en una especie de ritual.
Cuando lo hacía enfrente de ella o a su lado era el colmo de su felicidad, podía observar cada detalle. Al principio disimulaba detrás de su larga melena azabache o jugueteando con el móvil ahora directamente se quedaba embobada todo el trayecto, con la mente puesta en él.
Fantaseaba con acurrucarse en su pecho y aspirar el aroma concentrado en el hueco de su cuello, revolverle el pelo con la mano trás un beso apasionado o entrelazar los dedos con los suyos a fin de notar su tacto. Que le leyese a voz bajita, como en susurros, aquel libro que le mantenía absorto. Conocerlo, sentirlo, quererlo….
Aquel día decidió dejar de soñar. Un asiento vacío a su lado. Unas ganas de atreverse, una buena dosis de autoconfianza y tres paradas para mentalizarse le dieron el empuje suficiente para hablar con él. Estaba decidida, conforme se acercaba sus nervios se acrecentaban mermando su valor. En la parade de “Daniel” no pudo levantar la cabeza porque algo le decía que él no estaba. El metro paró unos minutos pero él no subió a su vagón. Por un lado retomó la calma. Fuera nervios, fuera tensión, fuera autoconvicción. Por otro se preguntaba ¿qué le habría pasado? ¿Volveré a verlo? y se recriminaba su cobardía. Cerró los ojos y respiró. Su oportunidad se había esfumado y con ella esa efímera ilusión de conocerlo.
Sumida en sus pensamientos estaba, cuando una voz masculina le resonó en el pecho.
Le pedían paso para ocupar el único asiento disponible en el vagón justo a su lado, abrió los ojos despacio y Daniel apareció en su campo de visión, sonriente y acalorado. Ella asintió nerviosa y se deslizó hacia el asiento contiguo dejándole a él ocupar el suyo.
El, con la mirada clavada en sus ojos asintió en gesto de agradecimiento, añadiendo:
‒Perfecto, siempre bajo antes que tú.

2 comentarios:

  1. Jo, qué final tan bonito... Yo quiero escribir así de fluido... Precioso, me ha encantado. ¡Tu novela va a ser la bomba! ¡Una se queda con ganas de más!¡Enhorabuena, precioso!

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    1. Jo, María mil gracias. Todo un halago viniendo de ti, porque me encanta como escribes. Me da miedito todas las expectativas que se están creando respecto a la novela, OMG!! que vértigo. Un beso. Nos leemos!!

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