18 jul. 2016

Adicciones

La casa se erigía soberbia y desafiante al tiempo y el entorno. A mi memoria, el recuerdo de la última visita que fue en mi infancia. El pueblo parecía sacado de un cuento, pequeño pero lleno de vida, casas aquí y allá, levantadas sin ton ni son. Cada una distinta, digamos que con personalidad. No había más de una veintena ahora en pie, aunque medianamente habitables no conté la docena. El resto, un cúmulo de escombros y ruinas dotaba al pueblo de un aire aún más fantasmagórico. El caudaloso río antaño, ahora un hilo serpenteante cubierto de maleza y suciedad.

Era la única habitante del pueblo, de momento. Seis meses fue mi propuesta para desintoxicarme y reconciliarme conmigo misma. Lejos de la civilización, totalmente aislada, sin aparatos electrónicos, sin wifi. Un lugar ideal para dejar atrás todo lo que la nueva era aportaba y que me volvía gris y estresada. Mis opciones: pasear, pensar, leer y escribir. Recursos escasos, adicciones imposibles.

Mi abuelo fabricó todos y cada uno de los muebles que conforman el hogar. Dormitorios, cocina, escalera, muebles, ventanas y puertas. Absolutamente todo fue pulido, tallado y barnizado por sus manos a lo largo de los años. Dotando al conjunto de una viveza y energía sobrenatural. Rechazaba cualquier encargo. Si daba vida a una pieza, era para su amada casa. En su testamento una orden expresa, sólo la habitarían personas con sangre Zabala, por eso permaneció en el abandono. Yo era la última de la saga y algo me había atraído, poderoso, fuerte e instintivo. Destapaba los muebles que resplandecían ante la potente luz que se colaba por los inmensos ventanales. Crujían y se desperezaban como despertando de su letargo.  El polvo lo inundaba todo, una nube terrosa cubría por completo la estancia, pese a que ventanas y puertas permanecían abiertas de par en par. Al colocar algunas de mis pertenencias, la casa fue retomando el esplendor de antaño.

A la semana, me había acostumbrado a la soledad, los ruidos y el trabajo duro. Cortar leña, cocinar, mantener el jardín que recuperaba su belleza. Tenía las manos encalladas y estaba más delgada, pero volvió el tono sonrosado de mis mejillas sin recurrir a cosméticos. Mantenía las manos ocupadas para que dejaran de temblar, muchos días sin pastillas, demasiadas adicciones. Había sido una decisión complicada, pero una extraña fuerza en mi interior me guiaba. Gracias al intenso trabajo, terminaba agotada. Durante el día apenas era consciente de mi, pero las noches eran duras. Me costaba controlar los sudores, las alucinaciones, la ansiedad.  Soñaba con teclados, post, fotos, tuits, móviles, antidepresivos. Entre sueños se mezclaban mis recuerdos: la casa, la familia, mi abuelo, sus manos. Despertaba sudorosa y desubicada, para comprobar mi soledad. Entonces me dejaba llevar por un sueño profundo y placentero.

A los seis meses, cuando volvieron a buscarme me costó abandonar la casa, tiraba de mí.
Adicciones, miedos y fobias fueron sustituidas por calma, plenitud y felicidad.
Acaricié mi incipiente barriga y susurre a mi casa... volveremos.

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