27 jun. 2016

En mil pedazos

Las flores que adornaban el jarrón estaban marchitas, secas. Los pétalos  caían desordenados sobre la tapa del piano. Desde aquella tarde no había vuelto a acariciar sus teclas, no pude volver a sentarme en la silla, ni tocar una sola nota musical sin recordar la última vez.
Toqué para ti dejándome llevar. La pasión y el amor transmitidas con la música inundaron la estancia. La sala abarrotada de gente solo me devolvía tu imagen puesta en mi cuerpo mientras interpretaba esa pieza, tu preferida, solo para nosotros.
Me trajeron la flores, eran de tu parte. La emoción se apoderó de mí, esperaba tu visita, que me besarás la mano y cruzaramos la mirada o incluso alguna palabra. Pero te limitaste a una breve reverencia desde tu asiento, mientras aplaudían.
A los minutos, un hombre regordete pedía silencio en la sala, dandote paso con una breve reverencia, te disponias a comunicar algo importante.
Te levantaste con esa elegancia felina que te caracteriza, tomaste de la mano a una chica preciosa, que un poco ruborizada se levantó de forma exquisita atusándose la falda en un gesto nervioso.
Anunciaste vuestro compromiso con la mirada fija en mis ojos, te la sostuve mientras mi corazón se hacía añicos.
No volvería a tocar ese piano.

4 comentarios:

  1. Me encanta la penúltima frase, y me encanta cómo creas el suspense sobre la razón para que deje de tocar el piano.

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  2. Respuestas
    1. Gracias Sergia, me encanta que te guste. Un besito

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