20 jun. 2016

A... "Pulsar el botón"

El cubículo, aunque acogedor, eran apenas un par de metros cuadrados que no daban para mucho, pero Rafael se sentía feliz. Adoraba su trabajo, transportar almas al empíreo no era ardua tarea, comparada con la de Gabriel, que se ocupaba de los traslados al averno y ni digamos de Miguel, el eterno pasajero del ascensor con destino el limbo, que andaba siempre como ausente.
Durante el trayecto sentía la felicidad de sus pasajeros. Algunos eran muy charlatanes, otros introspectivos, también los que iban tan ensimismados que ni les daba para saludar. A veces, los había que incluso derramaban una lagrimilla, aunque eran los menos. Pero cuando Rafael pulsaba el botón y comenzaban a ascender todos sonreían discretamente, él también.
Imaginaba una vida para cada uno de ellos. Los ubicaba en distintos lugares del mundo, a cada cual en base a su aspecto, le asignaba una profesión, una familia e incluso una tara, ¿por qué no?. Nadie es perfecto, se decía.
No realizó muchas bajadas en sus años de servicio, tan solo alguna sustitución a Gabriel por asuntos personales. Aunque las realizadas habían sido sin dramas. En muchas ocasiones se sorprendió porque era incapaz de imaginar una mala vida para esas personas que descendían sin remisión.


Aquel día era como uno cualquiera. Iba repasando mentalmente la lista de cosas a olvidar que cada semana redactaba. La soledad le pesaba en el alma a cada cumpleaños. No había encontrado su compañera, los años pasaban y sus rarezas se acentuaban haciéndole más difícil emparejarse. Regresaba de un servicio cuando las puertas se abrieron, la sutil fragancia inundó sus sentidos. Era alta, voluptuosa y de rasgos suaves. Sus ojos color miel se posaron en los de Rafael, expectantes.
—Buenos días— la voz se le quebró en un tono ronco. Como si llevara horas sin hablar.
—Buenos días— dijo él más dulcemente, situándose a su lado.
Rafael sacó la lista del bolsillo y leyó su nombre. Sofía. A su cabeza, imágenes de la vida de ella. Una niña risueña, de infancia feliz. Adolescencia difícil, debido a su timidez, qué pasó rápido entre libros y música. Buena estudiante, amiga de sus amigos y con una vida amorosa un tanto truculenta. Apenas tuvo tiempo a reaccionar cuando la diagnosticaron, no le permitió cumplir los cuarenta.
Rafael pulsó dubitativo el botón y a medida que ascendían, sentía el corazón cabalgándole en el pecho.
El aroma y su presencia lo llenaban todo, era tentador. Deliciosamente bella y encantadora.


Por el rabillo del ojo, apreció un leve movimiento de su mano hacía el bolsillo de la chaqueta, de dónde sacó un librito ajado. No pudo disimular la curiosidad. La vista, iba de sus ojos al libro, sondeándola. Nadie solía llevar nada en aquel viaje.
Ella, ante su interés, comentó:  —Es un diccionario—, me gusta aprender palabras en desuso y tratar de rescatarlas del olvido.
Él asintió sonriendo. Era uno de sus juegos favoritos cuando en la adolescencia. Su madre, cada semana, le instaba a aprender una serie de palabras e incorporarlas a su cotidianidad. A veces se sentía extraterrestre hablando esa jerga que solo ellos dos entendían.
Sofía se lo tendió, mirándole fijamente. Él lo tomó rozándole los dedos fríos, lo achacó a su nerviosismo. Fue un instante en el que se quedaron ahí, unidos por el diccionario. Embelesados. Sintiéndose. Diciendo sin hablar.
Un efímero pensamiento cruzó la mente de Rafael. Faltaría a su palabra y traicionaría el juramento. “Solo podrás salvar un alma”, cada palabra retumbaba sobre su conciencia. Pero por ella se sentía capaz de todo. Algo, a lo que en ese momento no supo dar nombre, le removía su interior. Solo tenía una oportunidad para pulsar el botón. Si lo hacía, si utilizaba aquella opción, acabaría su servicio. Fin de trayecto, ya no más viajes, ni subidas ni bajadas. Comenzaría su vida, la de verdad. Obligaciones, altibajos, complicaciones, emociones, humanidad.
En la mente una imagen, su pelo esparcido en la almohada. Aspirar el olor de su cuello antes de dormir, verla reír a carcajadas por una tontería.
Apretó el libro contra su pecho en un hondo suspiro, tomó la mano de Sofía y ella sonrió.
Como en una proyección de cámara lenta, Sofía vio como Rafael se giró, pulsó el botón rojo de emergencia murmurando sonriente… “el cielo puede esperar”.

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